La derecha gusta mucho de utilizar terminologías bien sonantes, cuando no rimbombantes, para referirse a sus políticas y estrategias de perpetuación del control sobre el modo de producción.
En el ámbito de la enseñanza, gustan mucho de emplear términos y expresiones como "calidad", "excelencia", "conexión con las necesidades de la sociedad", "eficacia", "innovación", "sociedad del conocimiento", etc.
Así las cosas suelen apropiarse de estos términos para esconder tras ellos sus políticas rancias de toda la vida. Es, pues, una aplicación más de uno de sus más eficaces inventos: el marketing. ¿Podría alguien oponerse a una enseñanza de calidad? evidentemente no. La trampa reside en no hacer explícito lo que unos y otros entienden por calidad. Para la derecha calidad es gestión eficiente en términos económicos y consecución de objetivos académicos. Es decir, elitización promocionando e incentivando a los mejores y reducción del gasto educativo.
Lo mismo podemos decir de la "excelencia" y de los campus de excelencia que proliferan como setas por las universidades españolas al tiempo que se reducen las partidas presupuestarias destinadas a la educación superior. Decir que reducimos el gasto y que vamos a potenciar únicamente unos pocos centros en cada universidad suena muy mal, pero decir que vamos a aplicar una gestión en aras de la excelencia convence al más escéptico. El ingenuo estudiante promedio no alcanza a entender que detrás de un término a priori positivo se esconde una estrategia realmente nociva para sus intereses.
Por eso la izquierda real siempre ha evitado caer en la palabrería barata. Antes de proclamar el objetivo de una enseñanza de calidad, prefiere acotar el término enseñanza acompañándolo de ciertos calificativos que hacen unívoca la comprensión de lo que realmente se quiere decir: enseñanza de calidad si, pero ¿qué entendemos nosotros por calidad? Enseñanza pública, gratuita, laica, científica, etc. Conectada con las necesidades de la sociedad si, pero concibiendo la sociedad como algo que trasciende los intereses del tejido empresarial, anteponiendo las personas a los beneficios.
Mención aparte merece la "cultura emprendedora". La cultura emprendedora es como una aspirina. Sirve para todo. Lo mismo te soluciona una crisis estructural como la actual como saca a una región entera de su decadencia gracias a un cambio de mentalidad.
Se trata por tanto de una argumentación psicologicista que pretende reducir a una cuestión individual -de cambio de mentalidad- procesos estructurales de naturaleza política y económica.
Así, promueven por las Facultades Universitarias una visión propia de los mundos de Heidi según la cual el problema del desempleo está en nosotros mismos. Si conseguimos desprendernos de nuestros miedos y complejos -más psicologicismo- y desplegamos soluciones imaginativas encontraremos solución a nuestros problemas de desempleo -o de cualquier tipo-.
La cultura emprendedora, que tanto gusta a la izquierda débil, es un invento peligroso. Como decía, es una estrategia de individualización que sitúa los problemas derivados de la aplicación de las políticas neoliberales en el propio sujeto: eres el responsable de tu situación de éxito o desidia. Y blinda a las castas dominantes mediante una teoría según la que no gozan de privilegios injustos sino más bien de competencias para desenvolverse adecuadamente en la sociedad del conocimiento y emprender proyectos empresariales adaptados a las actuales condiciones del sistema productivo.
De la imposibilidad de que todos nos convirtamos en "emprendedores" nada se dice. Es como si ante una riada, en un hormiguero se debata qué hacer para no morir ahogadas. La hormiga emprendedora propone una fácil solución consistente en cruzar las zonas anegadas por el agua encima de hojas de árboles. Lo que se olvida de decir es que no hay hojas para todas, y que la mitad de las hojas que bajan por las aguas vienen dañadas y por tanto son inservibles.